top of page

Ayudar sin hacernos cargo: el poder de hacer una pausa

9 sept
5 min de lectura

Alguien a quien quieres te cuenta que tiene un problema.

 

Una amiga debe tomar una decisión difícil. Tu pareja está frustrada por algo que ha ocurrido en el trabajo. Tu hijo ha olvidado algo importante. Un compañero se siente desbordado.

 

Antes incluso de que termine de explicarse, tu mente ya se ha puesto en marcha. Estás pensando en soluciones, personas a las que contactar, mensajes que podrías enviar o cosas que podrías hacer para que el problema desaparezca.

 

A veces, eso es precisamente lo que hace falta. La ayuda práctica puede ser generosa, útil y muy agradecida.

 

Pero otras veces, casi sin darnos cuenta, pasamos de estar al lado de alguien a hacernos cargo. Su dificultad se convierte en nuestra tarea, su preocupación en nuestra responsabilidad y su urgencia empieza a organizar nuestro tiempo.

 

La frontera entre ayudar y hacernos cargo no siempre es fácil de ver, especialmente cuando esa persona nos importa de verdad.

 

Cuando el cariño se convierte en responsabilidad

El impulso de intervenir puede venir de muchos lugares.

 

Puede nacer del cariño o de la empatía. No nos gusta ver sufrir a alguien que queremos. También puede venir de nuestra capacidad para resolver: vemos una solución y sabemos que probablemente podríamos arreglarlo todo con rapidez. O puede ser una costumbre. Quizá estamos acostumbrados a ser la persona fiable, la que anticipa lo que hace falta y consigue que todo siga funcionando.

 

Y a veces, si somos honestos, resolver el problema también alivia nuestra incomodidad. Esperar mientras alguien duda, se equivoca o elige un camino que nosotros no elegiríamos puede resultar sorprendentemente difícil.

 

Nada de esto significa que ayudar sea algo negativo. Pero conviene observar qué ocurre cuando nuestra respuesta se vuelve automática.

 

Podemos acabar cargando con más de lo que podemos asumir. Podemos decir que sí y sentir resentimiento después. Podemos dar consejos que nadie nos ha pedido. Y la otra persona puede recibir un mensaje que no pretendíamos enviar: que no confiamos del todo en su capacidad para afrontar la situación.

 

En las relaciones cercanas resulta especialmente fácil confundir querer a alguien con evitarle cualquier dificultad. Sin embargo, apoyar no significa garantizar que la otra persona nunca sienta incertidumbre, frustración o incomodidad. A veces, esas experiencias forman parte del proceso de encontrar su propia respuesta.

 

No todos los problemas son una invitación a resolverlos

Uno de los principios del coaching que más valoro es la confianza en que las personas cuentan con sus propios recursos. Pueden sentirse bloqueadas o necesitar apoyo, pero no son recipientes vacíos esperando las respuestas de alguien más.

 

Cuando nos precipitamos a ofrecer una solución, podemos sustituir sin querer su reflexión por la nuestra.

 

¿Qué ocurriría si, en lugar de preguntarnos inmediatamente «¿Cómo puedo arreglar esto?», empezáramos por «¿Qué podría ayudar a esta persona a pensar, elegir o actuar por sí misma?»?

 

La ayuda puede seguir siendo práctica. Pero también puede consistir en escuchar sin interrumpir, hacer una buena pregunta, ayudar a alguien a aclarar qué es importante para él o simplemente permanecer a su lado mientras atraviesa esa incomodidad.

 

La diferencia es sutil, pero importante: estamos apoyando su autonomía en lugar de quitársela sin darnos cuenta.

 

Cinco preguntas para crear una pausa

Esto no siempre nos sale de forma natural. El impulso de ayudar puede ser tan rápido que ya hemos ofrecido nuestro tiempo, nuestra energía o nuestra solución antes de comprobar qué hace falta realmente.

 

Estas cinco preguntas pueden abrir un pequeño espacio entre el impulso y la respuesta.

 

1. ¿Qué necesita esta persona de mí en este momento?

¿Quiere un consejo, ayuda práctica, que la tranquilicen o simplemente que alguien la escuche?

 

No tenemos por qué adivinarlo. Podemos preguntar:

«¿Qué sería lo más útil que podría hacer por ti ahora?»

 

A veces, la respuesta será muy distinta de la ayuda que ya estábamos preparando.

 

2. ¿Me corresponde a mí resolverlo?

Un problema puede importarnos profundamente sin que seamos responsables de solucionarlo.

 

¿Qué parte me corresponde en esta situación? ¿Qué parte le pertenece a la otra persona? ¿Puedo contribuir en algo concreto y permitir que ella siga haciéndose cargo del resto?

 

La responsabilidad no tiene por qué cambiar de manos simplemente porque seamos más rápidos, tengamos más experiencia o nos resulte más fácil pasar a la acción.

 

3. ¿Tengo capacidad para ayudar?

Ser capaz de hacer algo no significa disponer del tiempo o la energía necesarios para hacerlo ahora.

 

Nuestros propios límites siguen siendo importantes, aunque la necesidad de la otra persona sea real. Ignorarlos puede dar lugar a una respuesta generosa en el momento, pero también al agotamiento o al resentimiento más adelante.

 

4. ¿Quiero realmente ayudar de esta manera?

No es lo mismo que preguntarnos si deberíamos ayudar, si decir que no parecería egoísta o si la otra persona podría sentirse decepcionada.

 

Un sí pronunciado sin ganas no es necesariamente más amable que un límite honesto. Quizá queramos apoyar a esa persona, pero no asumiendo la tarea concreta que se nos ocurrió en primer lugar.

 

5. ¿Cómo sería ayudar sin hacernos cargo en esta situación?

Entre no hacer nada y hacerlo todo hay un espacio enorme.

 

Quizá podamos facilitar un contacto en vez de hacer nosotros la llamada. Revisar una página en lugar de reescribir el documento entero. Ayudar a alguien a explorar sus opciones en vez de elegir por él. O preguntar:

«¿Qué has pensado ya?»

«¿Cuál crees que podría ser tu siguiente paso?»

«¿En qué parte concreta te gustaría que te ayudara?»

 

No son preguntas mágicas, ni hace falta convertir cada conversación con una amiga o un familiar en una sesión de coaching. Simplemente nos ayudan a cuestionar la idea de que querer a alguien significa tener la respuesta.

 

Otra manera de ayudar

Para mí, esto también sigue siendo un aprendizaje.

 

No siempre recuerdo hacer esa pausa y, aun cuando lo hago, responder con honestidad a estas preguntas no resulta necesariamente fácil. Pero darme permiso para pensar antes de comprometerme a algo ya está cambiando mi forma de responder.

 

A veces sigo decidiendo ofrecer exactamente la ayuda que se me ocurrió al principio. Otras veces ofrezco algo más pequeño. Pregunto qué necesita la persona en vez de dar por hecho que ya lo sé. Y, en ocasiones, reconozco que lo más respetuoso es dejar el problema donde corresponde, sin dejar por ello de estar disponible y presente.

 

Con la práctica se vuelve más fácil. No porque desaparezcan las ganas de ayudar, sino porque descubrimos más formas de hacerlo.

 

Podemos escuchar sin arreglar. Preguntar sin dirigir. Animar sin empujar. Estar presentes sin tomar el control.

 

A veces, lo más valioso que podemos ofrecer no es una respuesta, sino el espacio para que alguien encuentre la suya.

 

✨ Soy Raquel, coach certificada ICF y mentora dedicada a ayudar a las personas a construir una mayor autoconciencia, un mayor bienestar mental y emocional, y una vida alineada con lo que realmente importa.


 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Contacto

Raquel Izquierdo de Santiago

+32476576007

cr=t_0,w_100.webp
rs=w_1160,h_694_editado.jpg
Suscribirse a la Newsleter

© 2024 por Compás con Raquel. Todos los derechos reservados.

bottom of page